Plan de Continuidad Pedagógica (II)
Área: Prácticas del Lenguaje
Año
y Cursos: 3°2°, 3°3°, 3°4°
Turno:
Mañana y Tarde
Ciclo
Lectivo: 2018
Docente:
Llopar, Patricia Alejandra
El peatón de Ray
Bradbury
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a
las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las
grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de
los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una
bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la luna, en las
cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba,
pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y
una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire
frío, como humo de cigarro. A veces caminaba durante horas y kilómetros y
volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y
parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de
luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos
fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto,
donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y
susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana. El
señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía
caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había
pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en
intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de
los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se
sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras
horas de una noche de noviembre. En esta noche particular, el señor Mead inició
su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable
escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran
como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas
las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el
débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente
una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar,
examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su
herrumbrado olor.—Hola, los de adentro —les murmuraba a todas las casas, de
todas las aceras—. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el
canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los
Estados Unidos por aquella loma? La calle era silenciosa y larga y desierta, y
sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba
los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una
llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en
mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los
ríos, las calles. —¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj
de pulsera—. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un
programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del
escenario?¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella
loma?